Mi compañera de piso ha desaparecido

La otra mañana me dispuse a prepararle el café, como solía hacer cada mañana, a ella le encanta el café con agua de más y sin azúcar.
Aquel día pensé que se habría marchado temprano, extraño, porque a ella nunca le gustó madrugar y jamás asistía a las primeras clases.
El segundo día que no aparecía llamé a su amiga, dijo no haberla visto desde la última cerveza del viernes.
El tercer día pensé en llamar su madre, pero estaba enferma y no quería molestarla.
El cuarto día pensé en escribir un relato con lo que estaba ocurriendo, pero no lo hice, me parecía demasiado morboso dada la preocupación.
El quinto día llegué a plantearme poner un anuncio de “se busca chica desaparecida” en los periódicos de tirada gratuita de la ciudad, incluso llegué a escribirlo.
Al sexto día entré en un proceso de espiral profunda de preocupación, dudando de si lo que estaba sucediendo era que verdaderamente había desaparecido, o se había sencillamente evaporado, fugado, olvidado de mí, secuestrado, o había sido abducida y ya está.
Finalmente pensé si la solución sería contratar un detective que esclareciera los hechos, y así lo hice, pero no funcionó, me enamoré de él, le despidieron por acostarse con una cliente y tuvo que abandonar la investigación.
De todas formas había un detalle en todos estos días que definitivamente me extrañaba y consiguió que pensase que me estaba volviendo loca; su tarrito de perfume para enamorar” como ella lo llamaba, cada día bajaba unas gotas, muy a pesar de que yo cada día lo cerraba, a la mañana siguiente volvía a estar abierto.
Mi espiral fue en aumento, aunque meses después logré superar el duelo por la pérdida de mi compañera, ella nunca apareció.
Así que pasaron los años, cambié de casa y me casé con otro hombre que conocí, bastante apuesto por cierto, y esta mañana después de llevar a mi hija el colegio, cuando me disponía a desayunar mi café habitual con tostada de aceite, y mientras miraba las noticias en la tele del bar, detrás de la reportera vi a mi compañera, era ella, algo envejecida claro está, paseando con nuestro antiguo vecino de la mano, ese chico que nos gustaba a las dos y por el que discutíamos tantas veces mi compañera de piso y yo, en la época de la universidad.

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