Me fumaba el primero apoyada sobre el balcón de mi quinto piso, con la vista en dirección a la tienda de campaña que lleva varios meses plantada en la colina de en frente de mi casa. Hoy le veo allí recostado tocando la guitarra al lado de su tienda, me estremezco de miedo y de placer. Normalmente nunca nos saludamos desde esta posición, sólo cuando menos lo espero y lanzo mi mirada al horizonte me cruzo con la suya pequeña, allí a lo lejos. Al principio me resultaba morboso, pero últimamente se ha convertido en un temor, a veces me lo encuentro por la calle cuando voy al trabajo y no nos miramos, sólo lo hacemos a esta distancia.
Estoy pies en lo alto de la mesa fumándome otro fortuna, tras mi meriendacena de pizzas malísimas del super de abajo cuando suena el telefonillo, me asomo al balcón y puedo diferenciar a mi vecino el de la tienda de campaña, me estremezco a la vez que me entusiasmo, siempre con mi permanente contradicción entre el deseo y el rechazo. Tal cual y en zapatillas decido bajar sin arreglarme, aunque me muevo un poco el pelo frente al espejo. En silencio le abro la puerta de abajo con dificultad, normalmente se queda un poco atrancada, y allí está, plantado con unos ojos que no puedo ahora recordar el color pero sí su expresión que es verdaderamente oscura, es moreno y muy delgado, de pelo entrelargo y barba de unos diez días. Dice que quiere darme los buenos días cuando me ve asomada al balcón fumando mi primer cigarrillo de cada mañana, pero que ha querido respetar mi espacio y mi tiempo y esperar a que yo adopte mi posición, de modo que aquí estoy me dice, me has llamado.
Así se presentó el primer día, llamó a mi puerta para pedirme por favor un poquito de maría, de eso que tienes plantado en tu azotea y que puedo ver desde mi tienda. Me resultó graciosa la entrada de modo que se lo di y se marchó. La semana siguiente volvió a hacerlo, y como no sé decir que no, pues también se lo di. Así fue sucediendo frecuentemente, hasta que un día le invité a subir a mi casa y desde entonces ya no volvió a salir. Hemos estado juntos tres o cuatro meses a escondidas de todo el mundo, complementa mi lado más animal, terrenal, carnal, básico...
Un día un alguien nos robó las plantas de mi azotea y fue buen momento para recapacitar sobre la situación, así que muy en contra de mis deseos le pedí que se marchara.
De alguna forma llegué a darme cuenta de que para lo que yo estaba realmente preparada era para una relación convencional, de paseos los domingos por la tarde para ir al cine, almuerzos en pareja con mi familia, llamaditas de teléfono desde el trabajo de cariño cuanto te quiero y cosas así, y con él era todo distinto, era pulsión, prohibición, era placer sin censura, era una química excitante hasta el punto de desbordarme y sacarme de mi propia realidad, empezaba a olvidar que me fascinaba mi trabajo, que me gustaba el deporte, que tenía amigas con las que tomaba café los viernes, pero es que cada segundo con él era emoción pura para cada sentido, convirtiéndose en un mecanismo obsesivo que me llevó a generar tal enfrentamiento de emociones contrapuestas que me descolocaban y me hacían sentir absolutamente perdida en brazos de no se quién.
De modo que en ese momento saco el resto de maría que aún conservaba, esa misma que yo cultivaba, que vendíamos a sus clientes en mi casa y que después nos robaron, se la entregué sin más palabra, junto con su paquete de fortuna y me marché, subiendo los escalones de dos en dos con la mirada puesta en el vacío, aún sintiendo el estremecimiento que me produce tan solo imaginar sus manos.
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